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ABC CULTURAL 3/5/2003
CRÍTICA
| PINTURA |
Carnaciones de la pintura
Fernando Castro Flórez
Claude Lévi-Strauss señala que un carácter
propio de la pintura no figurativa consiste en una exploración
metodológica de la contingencia de ejecución, que
se pretende convertir en el pretexto o en la ocasión externa
del cuadro. Es manifiesto que algunos prejuicios «estéticos»
le impiden al antropólogo entender que la abstracción
no se afana necesariamente en pos de una normatividad ni, evidentemente,
descansa en la ausencia de una figura que, oblicuamente, reaparecería
como «modelo».
En el ámbito de lo absurdo
El criterio greenbergiano para la pintura (autocrítica,
autodefinición y autorreferencia) fue radicalizado o asumido
literalmente por el minimalismo y eso no fue admitido por el crítico
que pensó que se estaba ingresando sencillamente en el
ámbito de un absurdo no-arte. Las consideraciones de Arthur
C. Danto sobre el arte contemporáneo más allá
de la ideología de la pureza y su descripción de
los avatares de lo monocromático son pertinentes para afrontar
la radicalidad plástica de Calapez que, sin excusas pseudo-teóricas
o pánicos necrológicos, muestra la potencia «corporal»
que sedimenta el proceso pictórico.
Encontramos en la pintura del portugués una sedimentación
gestual extraordinaria, sintonizando su estrategia de sabotajes
con una actitud internacional que revisa los problemas de la pintura,
dentro de una estética de la hibridación o en sintonía
con lo que se ha denominado abstracción redefinida. La
obra de Calapez plantea un diálogo particular con las poéticas
postminimalistas, desde un sentimiento cromático que entronca,
aunque sea distantemente, con las derivas del neoexpresionismo
y particularmente con la fisicidad de los cuadros de Richter o,
en una dirección explicitada por el propio artista, con
la generación de los expresionistas abstractos americanos
y, dentro de esa apuesta, por el color field painting, la obra
sublime de Barnett Newmann. La cuestión de Calapez, como
recordaba en una conversación con Delfín Sardo,
es siempre la de los límites del cuadro, desde la certeza
de que la pintura es algo desmembrado y que la racionalidad puede
entenderse como una historia hecha de fragmentos y detalles.
Las pinturas sobre aluminio, dispuestas como si fueran ladrillos
o elementos constructivos, remiten a la reticulación minimalista,
solo que, en este caso, no se produce la desmaterialización
de la superficie, sino más bien una vigorosa encarnación
que conduce a la ocupación «cuasi escultórica»
del espacio. Por otro lado, Calapez desborda el canon anti-narrativo
para introducir mínimas notas figurativas o esbozos figurativos
y arquitectónicos. «Abstracción y referencia
escribe Julio César Abad a propósito del díptico
Lugar dos dois caminhos (2003) son los dos caminos de la
experiencia de una naturaleza imponente, sintéticamente
establecida en uno, empática en el otro, ninguno de los
cuales puede privilegiarse en la creación plástica
de Calapez de un modo sistemático».
Superficies hipnóticas
La frescura de la pintura de este fantástico artista y
el lujo cromático convierte sus obras en superficies hipnóticas,
trabajos de una belleza extraordinaria en los que encuentro un
hondo sentido de la armonía, así como una reflexividad,
un tono pausado y contemplativo que evita cualquier visceralidad
o la mera entrega a lo caótico. Más que una pintura
carnal, un color localizado o una epifanía de la carnación:
latido, frecuencia, matiz, acontecimiento de la existencia. La
territorialidad pictórica, placentera, a la que remite
Calapez hace pensar en otra forma de la memoria, en un corpus
que conmociona, en un tacto que, valga la paradoja, se acerca
a la evanescencia del sentido.
© 2003 Diario ABC S.L. Reservados todos los derechos
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EL CULTURAL . EL MUNDO. 8/5/2003
Pintura
El retablo del deseo de Pedro Calapez
Desde hace casi una década, Pedro Calapez (Lisboa, 1953)
ha conocido en nuestro país un éxito notable, confirmado
por algunos premios y por las exposiciones que le han dedicado
el MEIAC de Badajoz (Ecos de la materia, 1996) y la Fundación
Miró de Mallorca (Campo de Sombras, 1997). Las composiciones
de Calapez, integradas por pequeños cuadros
de colores intensos, organizados en hileras contrastadas y rítmicas,
poseen un encanto casi musical. Alguien podría interpretarlas
como instalaciones de pintura, en el sentido por ejemplo
de los surrogates de Allan McCollum, cuyos elementos se agrupan
en número y distribución variable dependiendo del
espacio de cada exposición. Pero no son nada de eso. No
se trata de meros agregados, sino de composiciones coherentes.
Como explica el propio Calapez, los orígenes más
remotos de su formación plástica están ligados
al espíritu de la Bauhaus y su planteamiento del proceso
creativo es rigurosamente constructivo: el artista realiza primero
un boceto del conjunto y luego pinta cada uno de los elementos
que la integrarán. En todas las composiciones, incluso
cuando tienen un contorno irregular o una estructura aparentemente
aleatoria, descubrimos paralelismos, inversiones, simetrías
latentes y secretas entre las hiladas de ladrillos
de diversos formatos, volúmenes y colores.
La obra de Calapez se entronca con el interés por el políptico,
por la composición articulada en varios elementos separados,
que recorre la tradición de la pintura sistemática
del siglo XX. Desde el Rojo-Amarillo-Azul de Rodchenko o los trípticos
de Theo van Doesburg hasta la proliferación de polípticos
en torno al minimalismo, en la obra de Ellsworth Kelly, Frank
Stella, Robert Ryman, Brice Marden, Robert Mangold, Alan Charlton
o Jo Baer. Lo que añade Calapez a esta tradición
es una mayor intensidad pictórica, una mayor riqueza de
acontecimientos en el interior de cada uno de los cuadros
que forman sus composiciones. Algunos de estos cuadros
presentan un dibujo esquemático esgrafiado sobre una capa
de pintura monocroma (que procede de los dibujos en blanco y negro
que Calapez realizaba a comienzos de los noventa). Otros elementos,
la mayoría, combinan varios colores en una composición
abstracta cuya factura recuerda a veces a Gerhard Richter y a
veces a Howard Hodgkin. Calapez extiende con la espátula,
sobre una capa de pintura todavía húmeda, otra capa
de un color en furioso contraste con ella, de forma que se mezcle
un poco con lo de abajo, pero sólo un poco.
Como sugieren los títulos (Lugar dos pequenos lugares,
Lugar de la sutil diferencia, Lugar dos dois caminhos, Lugar do
deleite, Lugar da ilusao) las composiciones de Calapez evocan
paisajes: senderos, bosques, montañas, jardines, escenarios
arquitectónicos recompuestos a través de un puñado
de fragmentos. Ninguno de estos fragmentos llega a ser un foco
fijo de nuestra atención, ninguno de ellos retiene mucho
tiempo la mirada, que vaga de uno en otro sin detenerse apenas.
Calapez compara esa errancia con el modo en que, al pasear por
las calles de una ciudad, nuestros ojos saltan de una cornisa
a una torre, de un balcón a una puerta, de una esquina
a otra. O con nuestra manera de recordar un gran cuadro que hemos
visto en un museo, como una sucesión de detalles vívidos
pero difíciles de encajar entre sí. En todo caso,
los retablos de Calapez, sus rompecabezas imperfectos, nos hablan
del afán de reconstruir una totalidad perdida, presente
sólo en la memoria o en el deseo, a partir de sus ruinas.
Guillermo SOLANA
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