TEXTO MARIANO NAVARRO.


Eugenio Ampudia. Nada que ganar.

Entre los principales objetivos de las estrategias de actuación de Eugenio Ampudia sobresale el análisis del arte como medio de transmisión y del artista como agente intermediario; en consecuencia, le interesa igualmente la ubicación de la obra y del "operario de ideas" en el seno de las instituciones artísticas y del mercado.
Con esa finalidad, Nada que ganar, más que una exposición al uso, es una propuesta de reflexión sobre el hecho mismo de "exponer", haciendo de la galería en la que lo realiza motivo central de su discurso.
En los distintos tiempos de esa introspección, lo que percibimos primero es la desmaterialización de las piezas. Por así decirlo, aquí casi todo es inaprensible: los movimientos del fuego y las nubes son virtuales, el aire ha quedado atrapado en la superficie inmóvil de la fotografía. Fotografía que, por otra parte, no reproduce sino el espacio vacío de la galería, del lugar físico que, mitificado, justifica o avala la obra de arte; el mismo continente que ha sido tallado en el cuerpo interior de los libros, pues Ampudia se apodera, para sus intenciones, del lugar que hospeda neutralmente a las obras expuestas, para convertirlo así en objeto que puede ser adquirido como artístico. Comprar aire.
El protagonista principal es el fuego. Fuego que abrasa y devora las paredes de la sala principal o que lame con sus vívidas lenguas los libros y catálogos de la biblioteca del despacho del director. Quema de piezas supuestas y quema de documentos y testimonios. Memoria de la prohibición y de los actos inquisitivos. Recuerdo del terror.

Fuego frío -oxímoron que se corresponde con su antítesis perceptiva, aquí el espectador es incombustible-. Fuego crepitante o silencioso. Fuego purificador, que consume y revela, como el gélido fuego del alambique del alquimista, la desnuda materia de la idea. Fuego, paradójicamente, de propiedad exclusivamente particular, pues es, en un guiño más desprejuiciado, fuego para incendios en lugares específicos.
El artista como "operario de ideas" -el mismo nombre que la plataforma que dirige con dos compañeros para hacer visible el arte que les interesa-, más que como creador de objetos. Sobre la que ha sido durante años su mesa de trabajo, una mesa de arquitecto de madera y hierro fundido de principios del siglo pasado -mesa sólida, pesada, estable, asentada firmemente en el suelo-, se levanta un panel por el que se deslizan -lentas, evanescentes, soberanas y solemnes- las nubes. Una mesa propiciatoria y nubífera.
Se dice del que se distrae en sus divagaciones que está en las nubes o que vive y anda por ellas; que está, en suma, fuera de la realidad, ignorante de lo que es notorio y evidente. También, que ha caído de una nube, aquello que sucede de manera imprevista, y que se sube a las nubes a quién queremos ensalzar. Quién vive sin sufrimiento ni padeceres es aquel que vive en un cielo sin nubes. Lo que cae del cielo resulta súbitamente oportuno. Pero, puede, igual, venirse el cielo abajo o caérsenos sobre la cabeza.
Metáfora o figura del artista en su pensamiento: abstraído, como ausente, evadido de lo cierto e indudable, incurso en el lado imprevisible de las reglas del azar, convencido de tocar el cielo con las manos, paciente en la contrariedad y, en cada instante de un tiempo que prolonga la duración natural del tiempo, expuesto -nunca mejor dicho- al riesgo, al peligro absoluto. Mesa entonces, que podemos llamar Mesa de pe(n)sar, pues nada hay más arriesgado que querer pesar las caprichosas nubes.
En el idear del operario subyace un pálpito de violencia acompasado y apremiante como la espástica danza de un Puntapié.
Mariano Navarro


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