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Eugenio Ampudia. Nada que ganar.
Entre los principales objetivos de las estrategias de actuación
de Eugenio Ampudia sobresale el análisis del arte como medio
de transmisión y del artista como agente intermediario; en
consecuencia, le interesa igualmente la ubicación de la obra
y del "operario de ideas" en el seno de las instituciones
artísticas y del mercado.
Con esa finalidad, Nada que ganar, más que una exposición
al uso, es una propuesta de reflexión sobre el hecho mismo
de "exponer", haciendo de la galería en la que
lo realiza motivo central de su discurso.
En los distintos tiempos de esa introspección, lo que percibimos
primero es la desmaterialización de las piezas. Por así
decirlo, aquí casi todo es inaprensible: los movimientos
del fuego y las nubes son virtuales, el aire ha quedado atrapado
en la superficie inmóvil de la fotografía. Fotografía
que, por otra parte, no reproduce sino el espacio vacío de
la galería, del lugar físico que, mitificado, justifica
o avala la obra de arte; el mismo continente que ha sido tallado
en el cuerpo interior de los libros, pues Ampudia se apodera, para
sus intenciones, del lugar que hospeda neutralmente a las obras
expuestas, para convertirlo así en objeto que puede ser adquirido
como artístico. Comprar aire.
El protagonista principal es el fuego. Fuego que abrasa y devora
las paredes de la sala principal o que lame con sus vívidas
lenguas los libros y catálogos de la biblioteca del despacho
del director. Quema de piezas supuestas y quema de documentos y
testimonios. Memoria de la prohibición y de los actos inquisitivos.
Recuerdo del terror.
Fuego frío -oxímoron que se corresponde con su antítesis
perceptiva, aquí el espectador es incombustible-. Fuego crepitante
o silencioso. Fuego purificador, que consume y revela, como el gélido
fuego del alambique del alquimista, la desnuda materia de la idea.
Fuego, paradójicamente, de propiedad exclusivamente particular,
pues es, en un guiño más desprejuiciado, fuego para
incendios en lugares específicos.
El artista como "operario de ideas" -el mismo nombre que
la plataforma que dirige con dos compañeros para hacer visible
el arte que les interesa-, más que como creador de objetos.
Sobre la que ha sido durante años su mesa de trabajo, una
mesa de arquitecto de madera y hierro fundido de principios del
siglo pasado -mesa sólida, pesada, estable, asentada firmemente
en el suelo-, se levanta un panel por el que se deslizan -lentas,
evanescentes, soberanas y solemnes- las nubes. Una mesa propiciatoria
y nubífera.
Se dice del que se distrae en sus divagaciones que está en
las nubes o que vive y anda por ellas; que está, en suma,
fuera de la realidad, ignorante de lo que es notorio y evidente.
También, que ha caído de una nube, aquello que sucede
de manera imprevista, y que se sube a las nubes a quién queremos
ensalzar. Quién vive sin sufrimiento ni padeceres es aquel
que vive en un cielo sin nubes. Lo que cae del cielo resulta súbitamente
oportuno. Pero, puede, igual, venirse el cielo abajo o caérsenos
sobre la cabeza.
Metáfora o figura del artista en su pensamiento: abstraído,
como ausente, evadido de lo cierto e indudable, incurso en el lado
imprevisible de las reglas del azar, convencido de tocar el cielo
con las manos, paciente en la contrariedad y, en cada instante de
un tiempo que prolonga la duración natural del tiempo, expuesto
-nunca mejor dicho- al riesgo, al peligro absoluto. Mesa entonces,
que podemos llamar Mesa de pe(n)sar, pues nada hay más arriesgado
que querer pesar las caprichosas nubes.
En el idear del operario subyace un pálpito de violencia
acompasado y apremiante como la espástica danza de un Puntapié.
Mariano Navarro
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