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Currículum
Luz sobre las espaldas. Instalación en la Galería Max  Estrella
El hombre de la lámpara, 1999. Carbón ceniza y gouache sobre tela. 162 x 130 cm.
Cruz i flores, 1998. Semen, carbón, ceniza y grafito sobre papel. 100 x 100 cm.
La pieta, 1999. Técnica mixta sobre papel. 200 x 230 cm.
S/T, 1999. Técnica mixta sobre bronce. 2 piezas: 22x25x9  y   76x25x9 cm.
La carcel del rostro, 1999. Técnica mixta. 49 X 15 X 40 cm.
S/t, 2001. Fotografía b/n Ed.3. 153 X 113 cm.
Homo, 2001. Técnica mixta. Dimensiones variables.
S/t, 2001. Técnica mixta. Dimensiones variables.
S/t, 2002. Técnica mixta. Dimensiones variables.
Doliente, 2002. Técnica mixta sobre papel. 160  x 100 cm.



BERNARDÍ ROIG

Texto del catálogo editado por la Galería Max Estrella con motivo de la exposición "Luz sobre las espaldas"
Febrero-Marzo 2000



Camino de perdición.

"No sé si me gusta la noche,puede que sí, ya que la frágil belleza humana
sólo me conmueve hasta ponerme mal, al saber que es insondable la noche de donde proviene, hacia donde va. Pero me gusta la figura lejana que los hombres han trazado y no paran de dejar partes de sí mismos en esas tinieblas. Me produce placer y me gusta y a veces me hace daño quererla tanto:incluso en sus miserias, sus tonterías y sus crímenes, la humanidad sórdida o agradable, y siempre perdida me parece un desafío embriagador".

George Bataille.


Hay historias del hombre imposibles de contar. Acaso habría que vivirlas. Tal vez apreciarlas desde el prisma refractario, confuso y especular de la creación, desde su sentido transgresor que incluye la experiencia de la Muerte. Atravesando un marco negro, de madera quemada, a modo de umbral de cenizas o simbólico naufragio de la pintura asistimos al vacío, a la oscuridad de la noche insondable iluminada por el empeño creativo del hombre; vitalidad de una luz obsesiva frente a la convicción nostálgica de un final previamente anunciado, de un encuentro improductivo. Puerta hacia la noche y un mundo inevitable de cenizas, la obra de Bernardí Roig, como pintura de sensacionesque incluye un peculiar manejo de "cadáveres y despojos", realza y diluye, a un tiempo, el sentido de la representación. Sin respuestas aún ante el deseo, nos presenta y devuelve el discurso con nuevas interrogantes, proponiendo un lugar desconocido.

Un hombre camina con una lámpara a sus espaldas. Solo, ilumina el camino en medio de la noche, disfrutando abrirse paso en la oscuridad. Se sabe perdido, acosado y a la vez protegido en búsqueda obstinada del peligro, del placer, del instante inesperado. La lámpara, encendida le permite mirar aquello que habitualmente permanece oculto e invisible. ¿Que sería entonces de la luz sin esa oscuridad, sin los enigmas que le brinda? El hombre necesita de ese caos prometido, de un camino lleno de accidentes, sorpresas y perversiones que también alimentan su existencia. La luz, símbolo de claridad, lucidez y conocimiento, necesita de este mundo inasible de tinieblas, vicio incurable que lo lleva esclarecerse en lo prohibido y revelarse desde el pecado.

Esta evocación de lo invisible, de dualidades y contrastes, de luces y sombras, reiteración del blanco y el negro, el blanco del papel o de la tela, el negro del carbón, grafito y la madera calcinada, la iconografía cristiana y sus grotescas perversiones, lo sagrado y lo profano, que testimonian la pérdida del hombre y su paso frágil por ramajes sórdidos, de visiones ocultas y sentidos innombrables, es el universo que emana de la obra de Bernardí Roig. Él, como símbolo de esa humanidad siempre perdida, es el hombre que camina "cargando" la lámpara-cruz. Alumbramiento, sacrificio eterno del desdoblamiento creativo, intento obligado de dibujar presencias en medio de las penumbras enrarecidas de la vida y del arte. Este peculiar Vía Crucis, que constituye la trama o hilo argumental del emplazamiento pictórico y objetual al que asistimos, se erige, así, entramado aglutinador de los enclaves discursivos y sígnicos fundamentales de su obra, a la vez que un nuevo motivo para el despliegue visual y narrativo mediante la deconstrucción pictórica de paradigmas clásicos y de sus propias obsesiones: los límites del arte y la representación, la mística, el psicoanálisis, la sexualidad, la religión, el erotismo y la muerte.

Haciendo un peculiar manejo de estos elementos y en una persistencia instintiva de los términos representacionales sobre los que descansa inevitablemente su obra, -aún en medio de contradicciones, parodias y articulaciones alegóricas-, la trama descrita sirve de enlace motivacional entre el dibujo, esculturas, instalaciones y la propia película (video-proyección), imagen fílmica que narra la historia y que introduce, en tanto representación "actuada" de una acción en el tiempo, además de un énfasis de la "teatralidad barroca", un sentido cercano al happening o lo performático. En este sentido, la muestra amplía las dimensiones de multimaterialidad, la mezcla ilimitada de géneros y manifestaciones característica del arte contemporáneo: "Tanto pintores como escultores, todos ellos transgreden las restricciones estéticas impuestas por la preocupación mimética del Renacimiento, que había situado la pintura y la escultura al servicio de las leyes y convenciones anatómicas y ópticas(...)El innovador de nuestros días no desestima ni desprecia al hacedor. Circula por todos los niveles de composición y descomposición material, construcción y deconstrucción; desafía constantemente las categorías, se apropia de todo tipo de materiales." La estrategia constructiva que imbrica el dibujo de su cuerpo, de la lámpara, con su presencia fílmica, volumétrica, en perpetua batalla que modela y desdibuja, acompaña también el ensamblaje de maderas quemadas en una búsqueda frenética, poética del exceso o principio purificador del fuego que lleva a la renovación continua.

El hombre que representara la mort du peintre (Cristo muerto en la tumba) protagoniza ahora una historia de carácter móvil, narrativo, donde la acción alude a la figura emblemática de Cristo esta vez en vida, durante el Vía Crucis, bello artificio que ilustra el sentido creativo como camino hacia la crucifixión, hacia la muerte. La lámpara encendida que lleva a sus espaldas deviene argumento simbólico de la cruz, un icono reiterado en el conjunto de su obra donde "elementos referenciales clásico-religiosos son subvertidos por el artista, paganizándolos y herejizándolos, hasta situarlos en territorios de una extraña perversión lasciva". Desde una presentación contradictoria del cristianismo y de lo sagrado, problematiza además la idea del sacrificio, mediante la redención y la transgresión de verdades establecidas y paradigmas del conocimiento. El relato como presentación deconstructora de lo sagrado, cuyo poder devastador y omnímodo, exige, como ha exigido siempre y más aún, no sólo que nos sometamos a él sino que lo hagamos de corazón y le vendamos el alma.

El síntoma subconsciente del artista que conduce a violentar lo artístico desde el principio inevitable de la muerte, introduce una proyección activa que potencia las aristas de un rejuego lúdico y un disfrute del instinto creativo más allá del rito. Así traslada el perfil del hombre del espacio de la tela, al relieve, del fotograma al andamiaje instalativo como un único e indisoluble espacio de representaciones, como el renacimiento en medio de las cenizas. Grafito, carbón sostienen el dibujo de la luz y del hombre, detienen en reafirmación de su sentido funerario el instante fotográfico de la historia. Momento cero de la imagen a partir del cuál crecen las asociaciones y el recuerdo de un "antes" y un "después" del que se adueña la imaginación, en un canto a sus fuerzas infinitas. El blanco del lienzo y del papel donde puede habitar el mundo es sostenido por una mano calcinada en su continua gesta creadora. Los materiales recuerdan la transformación continua; la base del polvo de donde nace todo y que a su vez nos espera, madera quemada también la de las sillas donde se asienta el saber y el conocimiento, donde se acomodan las verdades absolutas, esta vez destinadas a ser superadas por el principio indagador del hombre.

La fe negada, explicita su afirmación previa. Incluso la revelación del secreto de los sueños a Freud surge como revelación o estado de fe. El descubrimiento aparece entonces como verdad revelada. La experiencia cotidiana del conocimiento, toda demanda de análisis puede entenderse como acto de fe. La religión parece así estar en el corazón mismo del psicoanálisis, en el descubrimiento como verdad revelada, en el método como sustancia de la transferencia y en la práctica como ese acto de "conversión" que permite la experiencia analítica. El obsesivo, empecinado en cumplir los imperativos de su religión privada, de la tradición familiar que cuando el síntoma irrumpe, se esfuerza en comprenderlo, quizá recurra a una autoridad imparcial -psiquiatra o juez- que certifique su inocencia, en un intento de suturar cualquier posible emergencia del deseo. Bernardí Roig, sin embargo, no está interesado en certificar su inocencia, más bien le urge presentar una documentación inusitada de su culpabilidad. Su obra suele hacer emerger fantasmas que amenazan los límites pueriles de su conciencia y del comportamiento colectivo acomodado en una visión prejuiciada, de autocensuras y prescripciones, empeñada en ocultar aquello que transgrede y aborda los confines de lo extraño, lo obsceno y lo desagradable.

El sentido de prohibición, instinto de satisfacción lasciva de placer sexual y del pecado presente en la historia narrada introduce el tema del erotismo, el más importante de cuantos desarrolla Bernardí en una clave cercana a las reflexiones de George Bataille: "Lo prohibido da a la acción un sentido del que antes carecía. Lo prohibido incita a la transgresión, sin la cuál la acción carecería de esa atracción maligna que seduce...Lo que hechiza es la transgresión de lo prohibido". Tal es la fuerza impetuosa que despierta el juego seductor de la obra de Bernardí Roig potenciando sus ávidos sentidos, en una exploración de aquello que estimula y atrae precisamente por su prohibición, su presentación grotesca, descarnada, desacostumbrada. A ello se suma el efecto o atractivo ilimitado de aquello que nunca se posee y nunca se conquista, de lo inconcluso y lo indefinido, como muchas de sus obras, seres andróginos que además pueden carecer de alguna zona o miembro en un azar que alude no solo a la fragmentación, sentido de pérdida o imagen mutilada del hombre sino a la presencia monstruosa y siniestra de la metamorfosis y el desvanecimiento. Aquel cuerpo provocador de mujer, ángel o diablo, que se ofrece y presenta en toda su intensidad carnal y mística belleza y que de pronto fluye, se aleja y escapa, como una diosa inmaterial, santa o prostituta trasvestida que desaparece entre las brasas ardientes de la noche, como las extremidades, miembros amputados, cabezas, sillas o manos calcinadas, como los contornos finales de un dibujo, del sentido, del arte o de una historia misteriosa de final abierto. Imágenes, sombras que súbitamente desaparecen, ante el umbral de un vacío desolador, avivando hasta el infinito la fuerza de nuestro deseo, el soporte de la lámpara.

Wendy Navarro Fernández.
Enero, 2 000.