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BERNARDÍ ROIG
Texto del catálogo editado por la Galería
Max Estrella con motivo de la exposición "Luz sobre las
espaldas"
Febrero-Marzo 2000
Camino de perdición.
"No sé si me gusta la noche,puede que sí, ya que
la frágil belleza humana
sólo me conmueve hasta ponerme mal, al saber que es insondable
la noche de donde proviene, hacia donde va. Pero me gusta la figura
lejana que los hombres han trazado y no paran de dejar partes de sí
mismos en esas tinieblas. Me produce placer y me gusta y a veces me
hace daño quererla tanto:incluso en sus miserias, sus tonterías
y sus crímenes, la humanidad sórdida o agradable, y
siempre perdida me parece un desafío embriagador".
George Bataille.
Hay historias del hombre imposibles de contar. Acaso habría
que vivirlas. Tal vez apreciarlas desde el prisma refractario, confuso
y especular de la creación, desde su sentido transgresor que
incluye la experiencia de la Muerte. Atravesando un marco negro, de
madera quemada, a modo de umbral de cenizas o simbólico naufragio
de la pintura asistimos al vacío, a la oscuridad de la noche
insondable iluminada por el empeño creativo del hombre; vitalidad
de una luz obsesiva frente a la convicción nostálgica
de un final previamente anunciado, de un encuentro improductivo. Puerta
hacia la noche y un mundo inevitable de cenizas, la obra de Bernardí
Roig, como pintura de sensacionesque incluye un peculiar manejo de
"cadáveres y despojos", realza y diluye, a un tiempo,
el sentido de la representación. Sin respuestas aún
ante el deseo, nos presenta y devuelve el discurso con nuevas interrogantes,
proponiendo un lugar desconocido.
Un hombre camina con una lámpara a sus espaldas. Solo, ilumina
el camino en medio de la noche, disfrutando abrirse paso en la oscuridad.
Se sabe perdido, acosado y a la vez protegido en búsqueda obstinada
del peligro, del placer, del instante inesperado. La lámpara,
encendida le permite mirar aquello que habitualmente permanece oculto
e invisible. ¿Que sería entonces de la luz sin esa oscuridad,
sin los enigmas que le brinda? El hombre necesita de ese caos prometido,
de un camino lleno de accidentes, sorpresas y perversiones que también
alimentan su existencia. La luz, símbolo de claridad, lucidez
y conocimiento, necesita de este mundo inasible de tinieblas, vicio
incurable que lo lleva esclarecerse en lo prohibido y revelarse desde
el pecado.
Esta evocación de lo invisible, de dualidades y contrastes,
de luces y sombras, reiteración del blanco y el negro, el blanco
del papel o de la tela, el negro del carbón, grafito y la madera
calcinada, la iconografía cristiana y sus grotescas perversiones,
lo sagrado y lo profano, que testimonian la pérdida del hombre
y su paso frágil por ramajes sórdidos, de visiones ocultas
y sentidos innombrables, es el universo que emana de la obra de Bernardí
Roig. Él, como símbolo de esa humanidad siempre perdida,
es el hombre que camina "cargando" la lámpara-cruz.
Alumbramiento, sacrificio eterno del desdoblamiento creativo, intento
obligado de dibujar presencias en medio de las penumbras enrarecidas
de la vida y del arte. Este peculiar Vía Crucis, que constituye
la trama o hilo argumental del emplazamiento pictórico y objetual
al que asistimos, se erige, así, entramado aglutinador de los
enclaves discursivos y sígnicos fundamentales de su obra, a
la vez que un nuevo motivo para el despliegue visual y narrativo mediante
la deconstrucción pictórica de paradigmas clásicos
y de sus propias obsesiones: los límites del arte y la representación,
la mística, el psicoanálisis, la sexualidad, la religión,
el erotismo y la muerte.
Haciendo un peculiar manejo de estos elementos y en una persistencia
instintiva de los términos representacionales sobre los que
descansa inevitablemente su obra, -aún en medio de contradicciones,
parodias y articulaciones alegóricas-, la trama descrita sirve
de enlace motivacional entre el dibujo, esculturas, instalaciones
y la propia película (video-proyección), imagen fílmica
que narra la historia y que introduce, en tanto representación
"actuada" de una acción en el tiempo, además
de un énfasis de la "teatralidad barroca", un sentido
cercano al happening o lo performático. En este sentido, la
muestra amplía las dimensiones de multimaterialidad, la mezcla
ilimitada de géneros y manifestaciones característica
del arte contemporáneo: "Tanto pintores como escultores,
todos ellos transgreden las restricciones estéticas impuestas
por la preocupación mimética del Renacimiento, que había
situado la pintura y la escultura al servicio de las leyes y convenciones
anatómicas y ópticas(...)El innovador de nuestros días
no desestima ni desprecia al hacedor. Circula por todos los niveles
de composición y descomposición material, construcción
y deconstrucción; desafía constantemente las categorías,
se apropia de todo tipo de materiales." La estrategia constructiva
que imbrica el dibujo de su cuerpo, de la lámpara, con su presencia
fílmica, volumétrica, en perpetua batalla que modela
y desdibuja, acompaña también el ensamblaje de maderas
quemadas en una búsqueda frenética, poética del
exceso o principio purificador del fuego que lleva a la renovación
continua.
El hombre que representara la mort du peintre (Cristo muerto en la
tumba) protagoniza ahora una historia de carácter móvil,
narrativo, donde la acción alude a la figura emblemática
de Cristo esta vez en vida, durante el Vía Crucis, bello artificio
que ilustra el sentido creativo como camino hacia la crucifixión,
hacia la muerte. La lámpara encendida que lleva a sus espaldas
deviene argumento simbólico de la cruz, un icono reiterado
en el conjunto de su obra donde "elementos referenciales clásico-religiosos
son subvertidos por el artista, paganizándolos y herejizándolos,
hasta situarlos en territorios de una extraña perversión
lasciva". Desde una presentación contradictoria del cristianismo
y de lo sagrado, problematiza además la idea del sacrificio,
mediante la redención y la transgresión de verdades
establecidas y paradigmas del conocimiento. El relato como presentación
deconstructora de lo sagrado, cuyo poder devastador y omnímodo,
exige, como ha exigido siempre y más aún, no sólo
que nos sometamos a él sino que lo hagamos de corazón
y le vendamos el alma.
El síntoma subconsciente del artista que conduce a violentar
lo artístico desde el principio inevitable de la muerte, introduce
una proyección activa que potencia las aristas de un rejuego
lúdico y un disfrute del instinto creativo más allá
del rito. Así traslada el perfil del hombre del espacio de
la tela, al relieve, del fotograma al andamiaje instalativo como un
único e indisoluble espacio de representaciones, como el renacimiento
en medio de las cenizas. Grafito, carbón sostienen el dibujo
de la luz y del hombre, detienen en reafirmación de su sentido
funerario el instante fotográfico de la historia. Momento cero
de la imagen a partir del cuál crecen las asociaciones y el
recuerdo de un "antes" y un "después" del
que se adueña la imaginación, en un canto a sus fuerzas
infinitas. El blanco del lienzo y del papel donde puede habitar el
mundo es sostenido por una mano calcinada en su continua gesta creadora.
Los materiales recuerdan la transformación continua; la base
del polvo de donde nace todo y que a su vez nos espera, madera quemada
también la de las sillas donde se asienta el saber y el conocimiento,
donde se acomodan las verdades absolutas, esta vez destinadas a ser
superadas por el principio indagador del hombre.
La fe negada, explicita su afirmación previa. Incluso la revelación
del secreto de los sueños a Freud surge como revelación
o estado de fe. El descubrimiento aparece entonces como verdad revelada.
La experiencia cotidiana del conocimiento, toda demanda de análisis
puede entenderse como acto de fe. La religión parece así
estar en el corazón mismo del psicoanálisis, en el descubrimiento
como verdad revelada, en el método como sustancia de la transferencia
y en la práctica como ese acto de "conversión"
que permite la experiencia analítica. El obsesivo, empecinado
en cumplir los imperativos de su religión privada, de la tradición
familiar que cuando el síntoma irrumpe, se esfuerza en comprenderlo,
quizá recurra a una autoridad imparcial -psiquiatra o juez-
que certifique su inocencia, en un intento de suturar cualquier posible
emergencia del deseo. Bernardí Roig, sin embargo, no está
interesado en certificar su inocencia, más bien le urge presentar
una documentación inusitada de su culpabilidad. Su obra suele
hacer emerger fantasmas que amenazan los límites pueriles de
su conciencia y del comportamiento colectivo acomodado en una visión
prejuiciada, de autocensuras y prescripciones, empeñada en
ocultar aquello que transgrede y aborda los confines de lo extraño,
lo obsceno y lo desagradable.
El sentido de prohibición, instinto de satisfacción
lasciva de placer sexual y del pecado presente en la historia narrada
introduce el tema del erotismo, el más importante de cuantos
desarrolla Bernardí en una clave cercana a las reflexiones
de George Bataille: "Lo prohibido da a la acción un sentido
del que antes carecía. Lo prohibido incita a la transgresión,
sin la cuál la acción carecería de esa atracción
maligna que seduce...Lo que hechiza es la transgresión de lo
prohibido". Tal es la fuerza impetuosa que despierta el juego
seductor de la obra de Bernardí Roig potenciando sus ávidos
sentidos, en una exploración de aquello que estimula y atrae
precisamente por su prohibición, su presentación grotesca,
descarnada, desacostumbrada. A ello se suma el efecto o atractivo
ilimitado de aquello que nunca se posee y nunca se conquista, de lo
inconcluso y lo indefinido, como muchas de sus obras, seres andróginos
que además pueden carecer de alguna zona o miembro en un azar
que alude no solo a la fragmentación, sentido de pérdida
o imagen mutilada del hombre sino a la presencia monstruosa y siniestra
de la metamorfosis y el desvanecimiento. Aquel cuerpo provocador de
mujer, ángel o diablo, que se ofrece y presenta en toda su
intensidad carnal y mística belleza y que de pronto fluye,
se aleja y escapa, como una diosa inmaterial, santa o prostituta trasvestida
que desaparece entre las brasas ardientes de la noche, como las extremidades,
miembros amputados, cabezas, sillas o manos calcinadas, como los contornos
finales de un dibujo, del sentido, del arte o de una historia misteriosa
de final abierto. Imágenes, sombras que súbitamente
desaparecen, ante el umbral de un vacío desolador, avivando
hasta el infinito la fuerza de nuestro deseo, el soporte de la lámpara.
Wendy Navarro Fernández.
Enero, 2 000.
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